José María Cano (61) empezó a pintar en 2015 un apostolado, con imágenes de los doce discípulos de Jesús, igual que hicieron en su momento Rubens y Ribera. Éste era un encargo habitual para los pintores del Siglo de Oro cuando se construía un convento de nueva planta. Cano los pintó sin expectativa ni encargo, sin pretensión expositiva ni económica. Como una consecuencia de su devenir personal. Como pequeños espejos en los que fijar fisonomías de su evolución. A lo largo de cuatro años retrató a 12 hombres de diferentes edades y condición. Los pintó mirando hacia arriba, en busca de la luz.

Parecerían pintados para la exposición ‘Apostolados’, que acoge la sacristía de la Catedral Primada de Toledo hasta el próximo 1 de marzo. Allí pacen misticismo a la sombra de la serie que hizo hace cuatro siglos y medio El Greco. En lo alto de la sala, los apóstoles de Doménikos Theotokópoulos miran hacia abajo, como si ambos grupos hubiesen quedado cautivados por la túnica carmesí de ‘El Expolio’, a pesar de que ninguno de ellos fue pintado para tal disposición.

Los apóstoles de Cano parecen haber hecho honor a su etimología. Apóstol viene del Griego: “apo” quiere decir “aparte, lejos”; y “stello”, “yo envío”. Nacidos pictóricamente en Malta, primer lugar que evangelizó San Pablo, se pueden ver en España después de dar media vuelta al mundo. Los presentó en mayo del año pasado en el San Diego Museum of Modern Art, en paralelo a una gran muestra sobre el Siglo de Oro español. Fueron después expuestos, durante las pasadas navidades, en el Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa, el equivalente al Museo del Prado para los portugueses. Allí estuvieron enfrentados a otro apostolado, el que hizo Francisco de Zurbarán para el Monasterio de Sao Vicente da Fora en 1633, durante la época de la unificación ibérica (el medio siglo en que España y Portugal fueron un único reino).

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